El impacto del divorcio en los hijos: Por qué el peritaje clínico es la brújula para un régimen de visitas justo

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En mi artículo anterior, conversábamos sobre cómo el derecho y la psicología deben caminar de la mano para que la justicia sea realmente humana. Hoy quiero llevar esa idea a uno de los terrenos más sensibles: el derecho de familia. En un proceso judicial por custodia o visitas, solemos ver expedientes llenos de pruebas económicas, testimonios y fotos. Pero hay algo que los documentos no pueden registrar por sí solos: la huella emocional que el divorcio deja en la mente de un hijo.

Cuando una pareja se rompe, el mundo de los niños se sacude. Como psicóloga clínica, mi labor no es decirle al juez quién es el «mejor» padre, sino entender qué necesita ese niño en particular para seguir creciendo sano. Para lograrlo, el peritaje debe ir mucho más allá de una simple charla.

No evaluamos solo al niño: miramos el sistema completo

Mucha gente llega a mi consulta pensando que el peritaje consiste en sentar al niño frente a mí para que él «elija» con quién quiere estar. Nada más alejado de la realidad. De hecho, poner esa carga sobre los hombros de un menor es una forma de violencia psicológica.

Para que mi dictamen sea sólido y realmente ayude al juez, necesito mirar el cuadro completo. 

Un peritaje serio e integral incluye:

Evaluación de los padres:

Entrevisto a papá y a mamá por separado para entender su salud mental, pero sobre todo, su conducta. Observo si tienen la madurez para separar sus rencores de pareja de su rol como guías. ¿Están facilitando que el niño ame al otro o están usando a su hijo como un «mensaje» o una herramienta de negociación? Evalúo si existen conductas de interferencia que puedan estar lastimando el vínculo del menor con alguno de sus progenitores.

Análisis del entorno y la dinámica:

El niño no vive en el vacío. Analizo cómo se organiza su día a día, quién lo cuida, cómo son sus rutinas y cómo es la relación con la familia extendida. A veces, la conducta de los adultos del entorno también influye en cómo el niño procesa la separación.

Observación clínica y pruebas:

Uso herramientas científicas (dibujos, juegos, pruebas proyectivas) para entender lo que el niño no sabe o no puede decir con palabras. A menudo, el cuerpo y el juego hablan mucho más claro que un testimonio directo. El impacto emocional cambia con la edad: No existe una regla única.

 

Uno de los errores más comunes en los juzgados es querer aplicar la misma regla de visitas para todos los niños, como si el tiempo significara lo mismo para alguien de 2 años que para alguien de 15. Como experta, mi trabajo es explicarle al juez que el desarrollo cerebral y emocional marca la pauta de lo que es saludable.

Niños pequeños (hasta los 4 años)

En esta etapa, los niños están construyendo su «seguridad básica». Para ellos, el tiempo es algo muy concreto; no entienden qué es «el próximo fin de semana». Una ausencia prolongada de su figura de apego principal puede generarles un estrés muy alto. Aquí, los regímenes deben ser frecuentes pero quizá más cortos, asegurando que el niño sienta que papá y mamá siempre están presentes en su rutina diaria de cuidados (comida, baño, sueño).

De los 6 a los 10 años

Aquí los niños ya entienden el concepto de separación, pero suelen caer en los llamados «conflictos de lealtad». Sienten que si disfrutan con papá, están traicionando a mamá, y viceversa. Es común ver que intentan ser los «niños perfectos» para no dar más problemas, o que tengan explosiones de ira en el colegio. El régimen de visitas aquí debe ser muy predecible para que el niño no viva con la ansiedad de no saber qué va a pasar mañana.

La pre-adolescencia

Esta es una etapa de mucha sensibilidad. Los hijos empiezan a notar las fallas de sus padres y, a veces, intentan convertirse en el «apoyo emocional» del progenitor que ven más triste o débil. Mi labor es detectar si el niño está cargando con problemas de adultos que no le corresponden, para proteger su derecho a seguir siendo simplemente un hijo.

La adolescencia

Para un adolescente, su mundo está afuera: con sus amigos, su identidad y sus propios proyectos. Un régimen de visitas demasiado rígido que ignore sus necesidades sociales puede generar mucha rebeldía y dañar la relación con los padres. En esta etapa, el juez debe escuchar su voz (que no es lo mismo que dejarlo decidir todo), y nosotros como peritos debemos evaluar qué tan flexible puede ser el plan para que el joven se sienta respetado.

Un puente hacia una justicia informada

 

Al final del día, el papel del psicólogo clínico en el derecho de familia es evitar que la «justicia» sea ciega ante el dolor. Mi objetivo es que la decisión del juez no se base en una lucha de poderes entre adultos, sino en la realidad emocional de los hijos.

Un buen abogado sabe que ganar un caso no es obtener más días en el calendario, sino asegurar que su cliente y sus hijos tengan un futuro emocional estable. Al unir el derecho con un peritaje riguroso y humano, logramos que las sentencias no solo cierren procesos legales, sino que realmente protejan vidas.